La Panaderia San Antonio

Click here to edit subtitle

Conoce un poco más de nuestra historia

Eran las 5:15 de la mañana en la capital lechera de Colombia. El pan amasado y horneado durante toda la noche ya estaba listo para quienes hacían la fila desde muy temprano, sin importar el frío. No eran pocos, por lo menos una decena de pobladores aguardaban frente a la panadería San Antonio de Ubaté para llevarse unas cuantas mogollas. Son las preferidas en esta zona de Cundinamarca y ya hacen parte del diario vivir de este municipio, no en vano llevan un siglo sobreviviendo a los gustos y evolucionando con ellos. Desde esa hora el lugar nunca volvió a estar solo, muestra de que 100 años no dan tiempo para improvisar, sólo para adquirir experiencia, admiración, respeto y fidelidad.


Un molino de trigo acompañó el inicio de esta historia a principios de 1900, cuando los abuelos de Lucero Cornejo, actual líder de la “tienda”, decidieron abrir una panadería. Las recetas funcionaron y el panorama se veía prometedor: el negocio ya tenía su clientela y daba señas de éxito pero algunas enfermedades de los ya conocidos panaderos parecían la única causante de darle un final pronto al negocio.


No fue así. La tercera hija de entre ocho hermano, con tan solo 14 años de edad y un colegio sin terminar, tomó las riendas de la panadería. Seguramente, pensarían muchos, la cosa se complicaría y pronto desaparecería. Ana Elisa Cornejo, más conocida como Elisita, le metió amor a la nueva labor y decidió enfrentar ese nuevo reto.


No hubo objeciones, los padres dejaron a la pequeña las riendas del negocio que para aquella época contaba con algo más de una década funcionando. Seguro hubo miedo, pero nunca desconfianza. Y acertaron. Elisita fue formando una próspera panadería que pronto se convirtió en referente de toda la región, pues la conocida “mogolla resobada”, esa por la que hacen fila, se empezó a consumir masivamente en Ubaté y sus alrededores.


Elisita Cornejo convirtió a La Panadería San Antonio en el primer negocio de venta de víveres del pueblo. Y, de paso, ella se fue ganando la admiración de todos los que conocían a la persona más allá de la empresaria: “me siento orgullosa de haber sido familiar de ella y haber aprendido tantas cosas de una persona entregada al servicio de los demás”, dice Lucero, ya que la dueña de la panadería más famosa del pueblo trabaja no solo por su empresa sino para ayudar a las personas más desfavorecidas de la región “esos eran los más necesitados, los sacerdotes, los enfermos, los niños, los ancianos”. Y fue creando tradiciones. Todos los Sábados repartía 120 mercados, daba ayuda en el hospital a la gente que necesitaba algún medicamento, patrocinaba estudiantes y vocaciones religiosas, pero lo mejor, con su ayuda se impulsó el ancianato del municipio.

Elisita estuvo al frente de la panadería por 70 años, amasando lo que para Lucero fue el secreto de su éxito: “la abundancia de darle al otro sin tener límites”. Concepto que cada año hacía crecer al ritmo que su negocio se tornaba más exitoso: por eso el pan para nuestras vidas ha sido una bendición”, y no es sólo porque su familia ha podido sobrevivir con la venta de este producto, sino porque de paso les ha permitido ayudar a quienes más lo necesitan.


A los 86 años, la reconocida empresaria del pan en Ubaté sufrió una enfermedad ¿se acabaría La Panadería San Antonio? No. Una sobrina que desde pequeña jugaba a ser la tía Elisita, anticipando el sueño de convertirse en una mujer trabajadora y dadivosa, fue la que dejó todo para dedicarse a su cuidado: “no fue una decisión fácil porque yo no vivía en Ubaté en ese momento y tenía un hijo, pero decidí que era yo la persona que ella necesitaba para darle atención y que conociera un podo del negocio”: esa es Lucero Cornejo desde niña fue viendo como su ideal de vida, mientras jugaba en medio de bultos de harina, hornos, trabajadores y canastos.


Así, hace 11 años Ana Lucía, a la que también conocen con otro nombre (Lucero), tomó las riendas de la panadería, con el firme propósito de mantener el legado de su tía. Y los resultados no podían ser mejores: cuando llegó había una nómina de 25 personas, hoy son casi 70 empleados que trabajan por turnos en una producción de 24 horas, como lo exige un negocio que ahora surte a las tiendas del pueblo y a las de las poblaciones vecinas con sus panes, siendo el 80% de ellos mujeres, que en su mayoría son cabeza de hogar.


Lucero recibió un negocio con siete líneas de productos, pero hoy hay más de 20, cuenta la nueva líder de una empresa que logró inmortalizarse con el nombre del santo de los pobres, gracias a un producto que aún es el líder en sus ventas: la mogolla resobada, una preparación hecha a base de Levadura fresca, mantequilla, grasas naturales, harina y agua, cuyo secreto está en que sigue haciéndose con las manos de mujeres expertas y no con máquinas capaces de armar formas perfectas que no conservan el sabor que caracteriza a este pan al que Elisita le dio fama.


Lucero ha ido respetado el legado de su tía y, de paso, ganando el respeto de su comunidad, pues se convirtió en una gran generadora de empleo y en la creadora de buenos lugares para seguir comprando pan y comiendo buenas preparaciones. Pero lo mejor, los 120 mercados se siguen repartiendo todos los Sábados, el ancianato continúa funcionando, se dan refrigerios a los niños y se ayuda al que lo necesita.


Tenemos el orgullo que Levapan escriba sobre nosotros.